La ciudad de San Martín de los Andes muestra en la actualidad su mayor índice histórico de suicidios adolescentes que, de acuerdo a las estadísticas de la Subsecretaría de Salud provincial, se va incrementando en forma alarmante desde los últimos cinco años.
La cantidad de jóvenes internados en el Hospital “Dr. Ramón Carrillo” por depresión mayor, gesto suicida, ideas de muerte e intento de suicidio es preocupante.
Los chicos son particularmente vulnerables ante la pérdida de amigos, allegados, familiares o compañeros de colegio, por causas de muerte voluntaria.
A ello se le suman factores perjudiciales para la salud psíquica de los adolescentes que se tornan poco sostenibles en esta etapa de crecimiento.
El perverso sistema laboral, que frecuentemente obliga a ambos padres a ser sostén de familia, si es que no pertenecen a la esfera cada vez más amplia de desocupados, con el efecto agravante de vivir en condiciones desfavorables, conforma un panorama que ofrece pocas perspectivas de cambio. En muchos casos también afecta el desarraigo de la familia. No hay abuelos, tíos, primos, cuando se traslada a esta localidad sólo el núcleo primario.
Por otra parte, la falta de propuestas educativas a nivel terciario y universitario que respondan a la vocación del adolescente, les acorta el horizonte para proyectar un futuro, provocándoles una profunda frustración que se manifiesta desde los primeros años de la escuela media.
Estas causas, sumadas a otras, hacen que parte de los adolescentes de nuestra comunidad se encuentren desorientados, envueltos en una apatía que les impide construir un proyecto de vida, alimentar las esperanzas y los sueños propios de la edad, en definitiva, animarse a vivir.

Nunca se debe subestimar la situación cuando un joven expresa tener serios problemas emocionales y, especialmente, cuando hace verbal su deseo de quitarse la vida. Sus familiares, amigos y profesionales que lo acompañan deben tener muy en cuenta este riesgo. De aquellos que logran quitarse la vida, el 40% ha tenido un intento fallido previo. Luego de ese primer intento, entre un 6 y un 16% vuelven a intentarlo dentro de los doce meses subsiguientes.
Quienes se encuentran sometidos a estos pensamientos, luchan constantemente entre el impulso de supervivencia y el impulso de muerte.

Razón por la que debemos desterrar de forma definitiva la creencia colectiva de que quien amenaza con el suicidio, no tiene intenciones de hacerlo.
Una auto-agresión puede formar parte de una apelación a la ayuda de los demás y siempre debe tomarse en serio.
El adolescente que planea quitarse la vida no quiere morir, sólo desea acabar con su sufrimiento. Lo que quiere es dejar de vivir su vida actual y en su desesperación busca una solución definitiva para encarar un problema transitorio.